OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

sábado, 12 de mayo de 2012

Un cuento inédito de Marta Aponte Alsina (*)


...entró en la imitación higienizada de una librería de viejo que olía a papel de lujo y tinta fresca. 

por Marta Aponte Alsina (Cayey, Puerto Rico)

Para El vuelo de la noche

Buenos Aires 2010 - Av. Corrientes, la calle que nunca duerme
fotografía: Iván Utz


Corrientes
(2002)

 Un volumen de la Historia general y natural de las Indias, en cofre abierto con entrañas de terciopelo rojo, la victrola de manigueta, el abanico de discos de Gardel y Toscanini: atraído por la mezcla extravagante, –era un paisaje de su propio campo de estudios–, entró en la imitación higienizada de una librería de viejo que olía a papel de lujo y tinta fresca.  
El dependiente no levantó la vista de sus papeles, y él se lo agradeció. Pudo hojear sin prisa, como si de veras le importara, un mamotreto de fotografías antiguas de una oscura provincia. Gente miserable, libro caro. Le llamó la atención una guía del Buenos Aires literario. Por ella se enteró de que muy cerca de allí hubo un nido de ratas y papeles, una librería que pasó como un embuste por un cuento de Roberto Arlt. En la misma guía leyó sobre el inmueble donde “murió de insomnio” Flora Alejandra Pizarnik. Al rato le entristeció el ambiente de facsímiles impecables que contrastaban con las monstruosas dimensiones de la avenida. El cielo distante, rasguñado por los edificios de buhardillas, tenía los colores de algunas banderas. Al otro lado de la vitrina un niño vendía lapiceros de punta retractable –biromes, les llamaban- y emblemas de equipos deportivos. Nadie le compraba.
La mujer se detuvo ante una mesa de madera rubia. Él se fijó en ella sin disimulos, acaso porque ella no daba indicios de haberlo visto, aunque aquellos ojos enormes parecían comerse el mundo. Tenía puesto un chaleco que recortaba su eficaz silueta de muchacho. Se acercó al mostrador de la caja registradora llevando en la mano un libro. Entonces –no antes- él se fijó en el rótulo: “No aceptamos pago en moneda extranjera”.
–¿Sabe si hay cerca una casa de cambio? –preguntó con voz de avara de humos, las manos hambrientas, la espalda muy recta.
El librero no levantó la vista del mostrador. Era un hombre descortés, todos los libreros de esta calle lo son, pero con ella no hay derecho, pensó el hombre.
–¿Hay o no hay una cerca? –preguntó, acercándose a mediar, sin quitarle la mirada de encima a la mujer. Era más joven que él, por lo general eran más jóvenes, pero esta tenía el encanto de una parienta que nos conoció cuando éramos niños. Esas que nos quieren como si fuéramos chicos siempre, con el consuelo de quien no podrá abandonarte en una ciudad donde el forastero se percibe con desagrado.
El librero consultó su reloj pulsera. La pregunta impertinente había agotado su tiempo, que era todo el tiempo del mundo.
–¿Una qué? –preguntó.
–Una casa de cambio cercana, ya oyó a la señora.
El librero miró al hombre con extrañeza, pero sin excesivo interés.
–No sé si hay casas de cambio cerca –y siguió leyendo.
Ella también lo miró y él no supo si atribuir la mirada al despiste de un largo trato con los límites o a una descolocada y fascinante estrategia de  seducción. Era la viva imagen de la foto que adornaba su mesa de trabajo, “tiene una hija muy guapa”, le decían los estudiantes gringos, tan ingenuos, y él nunca sentía la necesidad de desmentirlos.
Cómo describir la calle, pensó cuando salió detrás de ella. La calle, con su masa de cuerpos. La precisión de las diferencias se circunscribía a lo que pudiera registrar de las cosas que le golpeaban, sin tregua ni definición, la retina, evitando una coagulación en la memoria. Bolsas, zapatos sucios, narices, abrigos, marquesinas de teatros.
–No te preocupes –dijo alcanzando a la mujer, tratando de no provocar lo probable. Me queda un poco de cambio, lo suficiente para cenar. Después quién sabe, es mi última noche en la ciudad.  
–Quería comprar ese libro.
El hombre se detuvo. Ella también.
–Bueno, debe haber una casa de cambio aquí cerca. Hoy cierran a las diez, y estoy seguro de que ese señor tan simpático te volverá a recibir con gusto.
Ella le agarró un brazo. Con una felicidad indisociable del asombro, él hubiera deseado que completara el acercamiento dándole un frío beso en la mejilla. Se sentía desperdiciado, decadente, feliz. Una semana atrás había comenzado el viaje al congreso donde disertó sobre un tema orillero por partida doble: el bolero tango, –ese mellizo, ese híbrido– y la crónica deportiva. El tango maleable, flexible, se atuvo bien al son caribeño, al contoneo de caderas en lugar del juego de piernas. De esa teoría de la gestación y difusión de las formas culturales, derivó unas vías audaces hacia las formas de ella, la última gran poeta, una mujer que compartió, sin sospecharlo, en una estricta soledad espeluznante, el tiempo de los otros. Ella, que vivió los horrores del insomnio propio de las redacciones de periódicos cercanas a su casa, donde aspirantes a novelistas se entrenaban rompiendo noches y rasguñando crónicas deportivas. No dejaba de ser voluntarioso aquel enlace entre las formas de la plebe y la poesía cerrada y dura de una hija de rusos trasplantados que se llamó Flora, concebida (su poesía) en un estado parecido al trance. La recepción de la propuesta en la mesa redonda (“El bolero tango: una teoría de la difusión cultural”) había sido fría entre los escasos auditores. Devorando con los ojos de ella la multitud ya no le parecía absurdo haber viajado tan lejos para hablar sobre un tema tan desamparado.
El resto de la semana, entre la petulancia de los colegas, el exceso de café, la compra de libros y el intercambio de direcciones electrónicas, había seguido un trayecto lineal, hasta que esa mañana, al llegar al aeropuerto de Ezeiza, les informaron a los viajeros que el humo del volcán Tungurahua impedía volar por la ruta trazada. Una noche más, pagada por la línea aérea.
–Hay cuerpos en esta calle, ahora. Intestinos, corazones, elementales, groseros, baños de sangre –dijo ella.
–Y son nuestros familiares, sin saberles los nombres, ignorando la ruta que nos juntó –respondió él. –Muchos cuerpos y ninguno. Son fantasmas. El exceso de materia se desgrana en las ondas electromagnéticas que enloquecían a los surrealistas.
–No se dejan ver –dijo ella.
–¿Quieres adoptar a uno de esos cuerpos? Lo rescataríamos, lo brillaríamos con la mirada, lo invitaríamos a cenar.
–¿Adoptamos al librero?
No era una ciudad dispuesta a las adopciones y él lo sabía sin que ella se lo confirmara, pero quedaba la promesa de una hora holgada y el café con unas sillas vacías y un mozo con toalla sobre el brazo. La perspectiva de la avenida más ancha del mundo no parecía el lugar más ameno para sentarse al aire libre, pero atraía detenerse bajo los paraguas abiertos.
La vieron cuando se detuvo a recuperar el aliento. Era perfecta en su purísima escasez, en su intransigente inanición. El hombre pensó que la anciana había nacido para completar un encuentro en el olvido radical de aquella muchedumbre. Como si un camalote de los cientos que bajaban impulsados por la corriente de la avenida fuera a hacer una diferencia en el destino de él, en el destino de la mujer. Una anciana es siempre una pitonisa. El acercamiento improbable quedaría determinado por la ley de la frecuencia, es un ritmo, es una probabilidad, una figura de baile cuyo origen no queda claro.  
El camalote en cuestión vestía un abrigo azul de grandes botones negros, y zapatos que le quedaban grandes. Era flaquísima, tan fina como el papel del menú que el mozo había depositado sobre la mesa antes de volver, como quien no quiere la cosa, a ocupar su lugar de brazos cruzados ante la puerta del local. Él miró a la mujer a los ojos, y no tuvieron que hablarse. Tan pronto la anciana se acercó, se puso de pie y la abordó.
–Disculpe, señora, ¿sabe si por aquí cerca hay una casa de cambio?
A la vieja le tomó un segundo escuchar y recomponer las palabras. Miró a la joven, se sonrió con ambos, y solo entonces el hombre se dio cuenta de que tenía los ojos tan azules como su abrigo. La casa de cambio no estaba cerca, pero tampoco lejos, a unas cuadras de allí, aunque hacía frío –ya ni los fósforos son como los de antes– y ella tenía un mandado de un vecino enfermo.
–Si no estuviera tan ocupada con mucho gusto los acompañaría.
Entonces a él se le ocurrió sacar un mapa que llevaba en el bolsillo del abrigo y pedirle a la señora que le indicara, si la amabilidad se lo permitía, en qué lugar se encontraba la casa de cambio más cercana. Le ofreció un café y ella, que tiritaba de frío, le dijo que sí y accedió a sentarse, porque se ve que son personas decentes.
–¿Vive cerca? –le preguntó ella sin temor a cometer una indiscreción. Era joven, nunca tendría más de 33 años. Cuando él muriera, ella seguiría invariable; una joven que ya no podría despertarlo de noche para hablarle de sus inquietudes absurdas, desleales.
La anciana vivía en un barrio lejano, donde todavía podían encontrarse pensiones modestas. Era maestra jubilada, la jubilación apenas le daba para comprar papas y café. Si decidían quedarse podría cederles su cama. Era la única manera de prolongar casi al infinito una estancia en la ciudad.
El hombre tuvo la sensación de que el viento modulaba las voces. El viento y el cansancio. Las mujeres eran hojas de papel, banderas al vuelo, palomas susurrantes. Costaba entenderlas. Atribuyó el desvarío de las voces a la falta de una infusión estimulante.
–¿Qué le pasa a este mozo que no nos atiende? Disculpen, señoras.
Y se levantó y entró en el café, casi gritando a ver si dejamos de ser invisibles, pero nadie se dio por enterado, ni la negra vieja que enjuagaba copas, ni la pelirroja de largas piernas cruzadas que acariciaba una bolsita de azúcar con los dedos. Era, no cabía dudarlo, Rita Hayworth. A su lado, un hombre de nariz aguileña, con el sombrero de ala ancha apretándole las sienes, hablaba sin parar con otro hombre que tenía espaldas de boxeador. El lugar se borraba, como si hubiera anochecido de golpe, un silencio embozado sellaba las caras gesticulantes mientras un lorito de plumaje opaco saltaba de una silla a otra. En una mesa del centro la mujer, la misma, leía. Se acercó desorientado y se colocó a espaldas de ella, deseándola, sin atreverse a tocarla. La figura del libro que la mujer leía era ella, la misma, sentada en un sillón. Una mujer vibrante, que no dejaba de moverse, que pasaría la eternidad meciéndose con desenfreno, dejándose llevar por la luz del viento en una siniestra recámara oscura.
El hombre salió sin levantar la mirada del suelo sucio. Se acercó a la mesa del paraguas. Ya no estaban ni la vieja ni ella, la mujer duende del retrato, la que sus estudiantes confundían con su hija, sin adivinar que era su mujer. No podía pretender que siguieran allí, hacía tiempo que no espesaban el eco de los ruidos transeúntes con sus voces roncas. Se preguntó si volvería a pasar por su vida una fulguración de líneas cruzadas. Excavaría, capas y capas de sombras, sin moverse de aquel café, de aquella esquina, hasta recordar su propio olor, el olor de ella. Risas mudas en el interior de las paredes. 
Se sentó. Quedaba pendiente hacer la maleta. Solo tenía que acomodar las últimas compras, unos regalos para los nietos. En la cama del hotel dejaría los pijamas. Jamás regresaba con la ropa de dormir comprada para el viaje. Elegía pesar menos de la piel hacia afuera. Detalles. Cuando –al cabo de un silencio inexistente, como quien decide reconocer el cansancio– el hombre concluyó que no tenía prisa, el mozo se acercó a tomarle la orden. 


(*) Marta Aponte Alsina: Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico. Es licenciada en Planificación Regional por la UCLA y en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York. Ha publicado ensayos sobre literatura, además de las novelas Angélica furiosa (1994), El cuarto rey mago (1996), Vampiresas (2004), Sexto sueño (Veintisiete Letras, 2007, Premio Nacional de Novela del Pen Club de Puerto Rico) y El fantasma de las cosas (Terranova, 2010), así como los libros de relatos La casa de la loca y otros relatos (2001) y Fúgate (2005). Blog: Angélica Furiosa.

2 comentarios:

Vuelo de noche dijo...

Muchas gracias a mi entrañable amiga y admirada escritora puertorriqueña Marta Aponte Alsina por este magnífico regalo. Un fuerte, fuerte abrazo.

Marta Aponte Alsina dijo...

Gracias por la hospitalidad, Marta. Tercer intento de escribir al pie de mi espacio en tu blog.