OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

lunes, 7 de enero de 2013

EL CENTRO DE LA GRAVEDAD, Enrique Butti

 
El centro de la gravedad

Enrique Butti

(Editorial Palabrava, Santa Fe, 2012)

 

Mi comentario:

en Suplemento Señales, La Capital, Rosario,6 de enero de 2013:




De los mundos adyacentes


El centro de la gravedad, Butti, Enrique, editorial Palabrava, Santa Fe, 2012

Por Marta Ortiz


“El centro de la gravedad”, nouvelle de Enrique Butti (Santa Fe, 1949), es la segunda entrega (libro de invierno) del proyecto “Las cuatro estaciones de la palabra”, que impulsan la editorial independiente Palabrava (creada y dirigida por las escritoras santafesinas Patricia Severín, Graciela Prieto y Alicia Barberis), y el diario local El Litoral. Se prevé la publicación de cuatro libros anuales de autor santafesino a distribuir con El Litoral al inicio de cada estación. “El infierno de los vivos”, de Alicia Barberis, fue la entrega de otoño.

“Rodeado de sus cuadernos y cintas grabadas en esta noche de lluvia, yo me decido a ordenar […] su historia”, informa un narrador anónimo. Con el material a su alcance (cintas grabadas y un diario personal) abordará en cuarenta y siete capítulos breves la historia de María, adolescente que ha vivido una aventura fantástica ligada a temas fetiche de la ciencia ficción: el viaje en el tiempo y la exploración de mundos paralelos.

       La trama se desovilla a partir de una casita de barrio (suburbio de casas chatas que podríamos ubicar en cualquier ciudad “anodina” de la pampa gringa), pero no elegida al azar sino tras un estudio matemático exhaustivo de la cofradía secreta que integran Hermann, el padre de María, y sus amigos Bernabé y Lhyas; casa que desmiente su insignificancia si reparamos en el gran subsuelo, galerías subterráneas, recovecos que aportan la atmósfera oscura, húmeda y misteriosa indispensable para la creación de un ambiente gótico, donde el lector asistirá a más de una pesadilla. “Una leyenda cuenta que los túneles bajaban hasta el fondo de los océanos y los atravesaban para llegar a Roma”, se aclara.

María –aunque dudosa de la gestión paterna–, decide colaborar con el proyecto y se sienta al sillón del “laboratorio”, sitio al que regresará luego de cada incursión (dos en total) al “otro mundo”, mundo paralelo en realidad, réplica del original, solo que con otra textura y consistencia que se describe como hielo, vidrio, mármol, piedra, acero; mundo congelado, macizo, al modo de una captura fotográfica que remite a la inmovilidad, como la que contagió al reino entero cuando su princesa (La bella durmiente, de Perrault) se duerme durante cien años, atrapado cada súbdito en un gesto o movimiento inconcluso. Butti ha creado un curioso verosímil donde el tiempo tal como lo concebimos, pilar de cualquier ficción en capítulos o secuencias al modo lineal y sucesivo, ha sido abolido, la eternidad cabe en el instante; toda marca temporal pierde sentido, sin anular por ello el sentido de la trama.

      “¿Cómo podría volver al colegio, escuchar conversaciones imbéciles […] sabiendo que todo es apariencia, reflejo, sombra de otra posible realidad?”, se pregunta María luego de su visita al “otro mundo”. Y en sus palabras se deja oír un leve susurro del mito platónico de la caverna, como también se leen huellas de otros cruces, ecos o intertextos.  Así, un recorte del memorioso Funes emite señales cuando María se esfuerza por “escribir en la memoria” todo lo leído con la intención de no olvidar (de darse continuidad) y armar su biblioteca en la memoria, además de plasmar lo que ha visto; pero siente que la “empalaga tener demasiada” (memoria); “… para agotar un solo instante no bastarán todas las bibliotecas que se escribieron desde el principio de la escritura, ni siquiera sumando las que pueda escribir todo el futuro”. Otro cruce: una viga detenida en el trayecto de su caída desde lo alto, a pasos de Terence Filcraft que circula en igual dirección (las imágenes de tragedias inminentes se sugieren congeladas, stand by, como figuras inmóviles de un museo de cera), alude al  personaje homónimo de El halcón maltés (Dashiell Hammett), a quien en la novela original la viga no tocará al caer, pero sí lo motivará a dar a su vida un giro radical; anécdota que también recoge Paul Auster en La noche del oráculo. Incluso leemos un guiño a la leyenda del judío errante en el vagabundeo de la adolescente que busca a su madre, perdida en medio de la más desoladora eternidad.

Explorar características de “otro mundo” que duplica el mundo “real”, es también pretexto para cuestionar aspectos negativos de la sociedad actual: la viajera María, espía sin compromiso, fisgona entrometida, reflexiona: “Siempre tuve la impresión de que en la TV ya está esa invención, que ahí más que mirar, la gente es mirada en su mayor intimidad.” La felicidad es un bien esquivo, no dura: “…está siempre yéndose, siempre fugaz.” La conmueven, a su paso, los lectores de libros tanto como sufre viendo a quienes se dejan chupar por la TV. Adicta a la lectura, su canon personal habla por sí mismo: K. Mansfield, Blake, Jane Austen, Marosa Di Giorgio. El fuego purificador precipitará un final de pesadilla. Solo tres pilares sobreviven al derrumbe: el amor, la literatura, la música.

Una trama impecable, el plus descriptivo de un “más allá” donde reina el oxímoron absurdo (lluvia de mármol, océano de vidrio, sonidos congelados), la prosa de ritmo ágil, un narrador que en pocas páginas abandona el yo inicial y asume firme la voz de la protagonista, el suspenso que no cesa, humor negro, pasajes de novela gótica, la galería de personajes “raros” o en extremo cotidianos: todos estos elementos y más, en la pluma de un brillante oficio narrativo, dan forma y color a un legítimo producto Butti. Para disfrutar.  




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